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Las mantas que gustan en Europa

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Una de las últimas tejedoras del Val, Asunción de Cabo, usuaria del Batán Museo, subsiste gracias a los encargos de un alemán que las distribuye en mercados artesanos de Alemania, Francia, Suiza y Bélgica

 21/04/2010     Reportaje | ana gaitero

El proceso de batanado y pisado de las mantas de Val de San Lorenzo se realiza en el Batán Museo.JESÚS F. SALVADORES

Hace cuatro siglos, los tejedores de Val de San Lorenzo iban a Puebla de Sanabria, Benavente, León, Ponferrada y hasta a Galicia para a vender sus paños. «Ahora la lana la llevan toda a China, hay colas de camiones a la entrada de las fábricas, y nos venden aquí las mantas», se lamenta Asunción de Cabo Centeno, una de las últimas artesanas que subsisten, entre apenas una decena. En el siglo XVIII llegó a haber 81 fabricantes de paños en la localidad y hasta 155 trabajaban como cardadores y peinadores. Constan 26 mujeres en el oficio del hilado. Dos o tres veces por semana el Batán Museo, que es propiedad municipal, se utiliza aún hoy en día para batanar, desengrasar y cardar las mantas que se tejen artesanalmente en Val de San Lorenzo. «Es un museo vivo al servicio de los artesanos. En La Comunal ya organizamos visitas los fines de semana con toda la maquinaria funcionando», explica Miguel Ángel Cordero, director del Batán Museo y del Centro de Interpretación Textil. Es miércoles. Asunción está en plena faena, mano a mano con su marido, Leopoldo, batanando las mantas. En cuanto oyen que llega Concha Casado salen a recibirla con los brazos abiertos. «Si no hubiera sido Doña Concha esto estaba derrumbado. Tiene las ideas muy claras. Valora la vida rural y los pueblos. Aquí todo el mundo se va a Madrid y luego los fines de semana todos a la carretera. Es un desastre. Esto se agota». La reflexión de la tejedora estremece cuando añade: «En China lo tienen todo contaminado y no pasa nada». Pero ella sigue al pie del telar. «Es lo que he hecho toda la vida, lo que hicieron mis abuelos y mis bisabuelos. No sé hacer otra cosa», confiesa. Su abuelo y su abuela se conocieron en Palencia, de donde el Val trajo la técnica textil de las mantas industrial a finales del siglo XIX. José Cordero Geijo fue el «espía». Fue a trabajar a la fábrica del Sr. Cuadrado, quien guardaba separaba celosamente el proceso textil para evitar el espionaje industrial. Pero el maragato se las ingenió para descubrir el secreto: «Por una microscópica abertura que tenía la puerta del local de la percha, observaba con gran sigilo, desde el puesto de su trabajo cómo los perchaires sacaban el pelo e instrumentos de que se valían», cuenta el maestro Eusebio Díez García en los apuntes biográficos del fundador de la fábrica de mantas en el Val. Cordero Geijo y su hijo Manuel, de 13 años, no regresaron al Val hasta conseguir decenas de ejemplares de cardos «como joya de gran valor». La casualidad y una mirada diferente sobre las tradicionales mantas y conbertores mantienen la actividad de Asunción. Su trabajo, desconocido y sin valorar en León, en Castilla y León y en España, es apreciado en los mercados artesanales de Alemania, Francia, Suiza y Bélgica. «A raíz de la gente que vino a Matavenero (el pueblo repoblado en los Montes de León hace veinte años por una colonia hippie) un alemán nos hace encargos de 150 o 200 mantas dos veces al año». Ella las vende al público a 80-100 euros, pero no sabe lo que pagan por sus tejidos alemanes, franceses, suizos y belgas. Las llevan a mercados y las valoran mucho», subraya. Mientras, en España triunfan los nórdicos e Ikea. «La valoración tiene que hacerse desde la escuela y desde los medios de comunicación. Estos artesanos hacen arte y en otros países lo saben. Hay que salvar estas artesanías», sentencia Concha Casado. El comprador vendrá pronto a recoger el encargo. «Las quiere marrón total o blanco total y también con cenefas con los colores del arco iris», explica Asunción, mientras echa el detergente en el pisón. Una vez lavadas, las pondrá a secar y después volverá al edificio, que data del siglo XVII, para proceder al peinado con la espectacular percha de cardos naturales, de la variedad Cardencha o Cardón. «Las perchas, por su singularidad, merecen la pena verlas funcionar», apunta el director del museo, que atesora hasta el último detalle de esta actividad artesana. Los cardos -“cuenta-” se cultivan en Alicante, Albacete y Murcia aunque las comercializa desde el siglo XIX la localidad navarra de Corella». El perchado, proceso final de la labor textil, consigue «cerrar los poros a la manta, creando una cámara de aire que impedirá que el calor que desprende el propio cuerpo humano mientras reposa no escape», explica Cordero. Este proceso se puede repetir al cabo del tiempo y del uso de la manta, siempre que se acuda a la artesanía del Val.La percha es de 1920 y es una de las pocas máquinas que no se trajo de Cataluña. Se fabricó en Astorga con licencia inglesa.

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Autor: trapote

empresario de turismo rural en el Bierzo.

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