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“THE WALL TREINTA AÑOS DESPUES”

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Publicado en el suplemento Artes de El Norte de Castilla el 21 de noviembre de 200

Roger Waters, líder de la banda británica Pink Floyd, se encontraba a finales de los años setenta inmerso en un callejón sin salida. Tras los estratosféricos éxitos de algunos de sus discos, especialmente “The dark side of the moon” y “Wish you were here”, buscaba con ahínco completar la trilogía gloriosa del rock progresivo. Su último experimento, el incomprendido “Animals”, no había conseguido convencer ni a crítica ni a público. Por entonces, Waters se había hecho ya con el control del grupo y había comenzado a dar rienda suelta a sus miedos, obsesiones y demonios. El resultado de ese Armageddon íntimo llevó por título “The Wall” y acabaría convirtiéndose en uno de los discos más importantes, trascendentes y míticos de toda la historia del rock (una obra que acumula ya 23 discos de platino y que es el disco más vendido de los años setenta y el tercer disco más vendido de la historia).

 Tres fueron los principales detonadores del tsunami discográfico de la época: en primer lugar, un incidente acaecido en Montreal durante la gira de “Animals”, en el cual un grupo de fans se abalanzaron sobre el escenario. Waters llegó a escupir en la cara a uno de ellos y, desde entonces, comenzó a fantasear con la idea de construir un muro que aislase por completo al grupo de sus fans. En segundo lugar, la omnipresente y alargada huella de Syd Barret, primer líder del grupo, que había descendido a los abismos de la locura y que no dejaba de influir por activa y por pasiva en los trabajos de Pink Floyd, como ya había sucedido en “Wish you were here”. Y en tercer lugar, las propias y traumáticas experiencias personales de Roger Waters. Para ello se vale de la figura de Pink, alter ego de Waters, y protagonista de toda la historia desarrollada en  “The Wall”.

 Pink es una estrella del rock que ha caído en una profunda depresión, hasta el punto de ser considerado un hombre inestable y mentalmente enfermo. Forma parte de la generación de la posguerra y ha sufrido en sus propias carnes un buen número de traumas y situaciones angustiosas que han condicionado su mundo: la muerte de su padre durante la Segunda Guerra Mundial, la sobreprotectora figura materna, el castrante sistema educativo británico, la cruel soledad del mundo moderno, el fracaso de las relaciones sentimentales, la incapacidad de comunicación, las drogas, la agobiante presión de ser un

cantante famoso, etc. Todos estos elementos hostiles han conducido a Pink a aislarse en su mundo y a construir un muro protector alrededor, ladrillo a ladrillo, una auténtica y demente autodefensa ante el mundo real. Durante un intento de suicidio con drogas, Pink se convierte en un alucinado dictador fascista. Finalmente, para escapar de una vez por todas de su locura, debe enfrentarse a un juicio simbólico que le sentencia a derribar el muro y a enfrentarse cara a cara con la atroz realidad. Es el final de “The Wall”, una auténtica ópera rock que reventó las listas de éxito en todo el mundo. El disco fue lanzado el 30 de noviembre de 1979 y, desde el primer momento, se convirtió en un indudable acontecimiento social y en un aldabonazo musical sin precedentes. La crítica se rindió por completo a la obra absolutamente egocéntrica parida por los demonios de Roger Waters pero, a la vez, fue la primera sorprendida por el descomunal éxito de una obra tan morbosa y depresiva, con letras tan duras, crudas y difíciles. Hay que decir que el festín sonoro que acompañaba los textos y el mensaje de fantasía autodestructiva estaba en la tradición del mejor rock progresivo y de los más inspirados Pink Floyd. Las orquestaciones de Bob Ezrin y Michael Kamen, más el prodigioso trabajo a la guitarra de David Gilmour (el único miembro de la banda que participó creativamente en el disco), contribuyeron a crear una música hechizante y seductora con un sonido más fuerte y frontalmente directo al que nos tenía acostumbrado la banda británica.

El ambiente de alucinante pesadilla se mezclaba admirablemente con la guitarra afilada de Gilmour invitándonos a un deslumbrante crucero a través del sonido y de los más oscuros meandros de la vida. El diseño de la portada, contraportada y libreto del vinilo también ayudó al mito del disco, con dibujos surrealistas de Gerald Scarfe y unos textos escritos con letra de loco. La leyenda de “The Wall” se ponía en marcha. “We don’t need no education”, cantaba medio mundo, aportando entre todos un nuevo ladrillo a aquel glorioso muro.

Para celebrar el éxito del disco y como complemento ineludible, Pink Floyd se embarcó en una corta y complejísima gira entre 1980 y 1981 que les llevó a dar varios conciertos en cuatro escogidas ciudades del mundo: Nueva York, Los Angeles, Londres y Dortmund. Los que asistieron a aquellos privilegiados shows hablan de ellos como de los conciertos más grandiosos de toda la historia del rock. Gigantescas marionetas diseñadas por Gerald Scarfe, proyecciones delirantes, músicos y coros a tutiplén, un montaje espectacular y todo un batallón de extras que construían un gigantesco muro en el escenario, antes de hacerlo volar por los aires al final del concierto. El montaje fue tan costoso y exorbitante que terminó por convertirse en un desastre económico para los miembros del grupo (excepto para Rick Wright, el teclista de Pink Floyd, que había sido expulsado de la banda por expresa petición de Waters durante la grabación de “El Muro”, y que participó en aquellos conciertos como músico a sueldo) pero contribuyó a acrecentar el mito del disco.

 Hoy, treinta años después del monumental canto al ego de Roger Waters, “The Wall” es un disco que sigue ganando en cada escucha. Una fiesta de monstruos en la que todos caemos rendidos. Un disco excesivo, pretencioso, difícil de digerir, pero que nos lleva agarrando de las pelotas desde el año 1979. Un auténtico himno que nos ha marcado a fuego a varias generaciones. Muchos abrimos los ojos a la vida con la doliente Biblia de “The Wall”. Casi mejor no haberlo hecho.

 

 

EL MURO A 24 FOTOGRAMAS POR SEGUNDO

Desde el principio, Waters se obsesionó con llevar la historia de Pink a la pantalla. Para ello, escogió como director a Alan Parker, un exitoso creador de videoclips que había entrado con fuerza en el mundo del cine gracias a “Bugsy Malone”, “El Expreso de Medianoche” y “Fama”. La idea inicial consistía en rodar un documental sobre los espectaculares conciertos que sirvieron como presentación de “The Wall”. Sin embargo, y debido al relato tan cinematográfico que se escondía detrás del disco, Alan Parker decidió hacer una película con la historia de Pink. De hecho, el film (bautizado como “Pink Floyd The Wall” y estrenado en 1982) se limita a seguir punto por punto (canción por canción, habría que decir) la estructura musical del álbum. Sólo alguna pequeña modificación y la aparición de un par de nuevos temas compuestos expresamente para facilitar la comprensión de la historia son dignos de reseña. Más importancia tiene la sorprendente elección del protagonista, que supuso el debut de 

Bob Geldof como actor de cine. Por entonces, y antes de convertirse en activista político e impulsor de los famosos conciertos Live Aid, Geldof tan sólo era conocido por ser el cantante del grupo Boomtown Rats. La otra aportación fundamental al film la llevó a cabo el dibujante Gerald Scarfe, con sus prodigiosas y alucinógenas escenas de animación que acabaron convirtiéndose en las estrellas del film (inolvidables las flores haciendo el amor, los ejércitos de martillos o los bombardeos sobre Inglaterra). Eso sin contar escenas impactantes como las del juicio, el mitin fascista o la máquina devoradora de niños al ritmo de “Another brick in the wall”. Desde luego, muy pocas veces las imágenes de una demencia resultaron tan fascinantes como en “Pink Floyd The Wall”.

 

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Autor: trapote

empresario de turismo rural en el Bierzo.

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